I
Joaquín Sandoval revolvía papelitos en el
escritorio. Cosas intrascendentes, que anotaba para algún día tener en cuenta
pero que, la mayoría de las veces, sólo ocupaban espacio. Últimamente no había
tenido mucho trabajo, y había estado ocupando el tiempo libre reorganizando su
oficina y escuchando a Piazzolla. Sus últimos casos lo habían tenido con
insomnio. No había recibido ningún caso de maridos desconfiados, al contrario,
había recibido una serie de casos sobre robos a bancos, que sin duda estaban
entre sus crímenes preferidos.
Prendió la televisión. Las mismas
banalidades de siempre. Pero de repente, un título de un noticiero le llamó la
atención: “El asesino de los deliverys”. -¿El asesino de los deliverys? Estos
tipos son medio pelotudos para generar zócalos-. Se dijo a sí mismo mientras se
servía una taza de chocolatada. Sí,
chocolatada.¿Acaso es sólo para purretes?
-Tengo que hablar con Rengato a ver si sabe
algo. Después de todo, el robo de bancos fue resuelto por mí. Ese burócrata me
debe una-, se dijo a sí mismo. Se vistió con lo primero que encontró, dejó
comida para su gato Felipe y se dirigió a la comisaría.
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